Cada pequeño paso cuenta
La Sociedad, los medios de comunicación, las redes sociales, por todos lados nos bombardean con información relacionada al consumo, con adquirir lo último para poder tener el estándar de vida que “deberías tener” y, finalmente, encajar y ser aceptados dentro de unos parámetros.
Esta presión por el consumismo nos ha llevado a dejar de apreciar y celebrar los pequeños momentos de la vida que no tienen nada que ver con lo que tenemos o dejamos de tener. Celebrar por ejemplo, el amanecer y atardecer de cada día, la sonrisa de un extraño(a), un gesto de amabilidad sincera de un desconocido. Esos detalles que nos hacen más una sociedad que lo que podemos tener materialmente en común.
Esta presión por el consumismo ha agotado a nuestro planeta, ha hecho que tenga sentido para una pequeña parte de la población consumir lo que otra gran parte produce a miles de kilómetros de distancia sin cuestionarnos el proceso y las condiciones bajo las cuales han sido producidas y que tantos recursos consume su producción, cuestionarnos, por ejemplo, si es necesario el empaque que lleva y la distancia que tuvo que recorrer antes de llegar a nosotros. Nos creemos con “derecho” a consumir todo aquello por lo que podemos pagar simplemente porque tenemos la capacidad de hacerlo.
Pero la Naturaleza ya hace tiempo nos viene dando señales de agotamiento y stress y no lo hace de manera sutil, a susurros, sino nos lo está gritando. Y ya es momento de escucharla.
¿Pero qué significa esto para nosotros? ¿significa qué el comercio internacional debe terminar? ¿Qué debemos cerrar fronteras para consumir sólo lo producido localmente? Bajo mi criterio no necesariamente. No voy a hablar de grandes empresas exportadoras que tienen el capital y el conocimiento para acceder a nuevos mercados y consumidores sino de aquellas pequeñas empresas a las que el comercio internacional les ha permitido acceder a nuevos mercados para no sólo ampliar los canales de ventas sino también consumidores que paguen más y mejor por sus productos; permitiéndoles de esta manera mejorar su calidad de vida y las de sus trabajadores y sus comunidades.
Debe ser un trabajo en el que todos estemos involucrados, desde los gobiernos de cada país, los productores y por supuesto, los consumidores.
¿Qué podemos hacer como productores? Como productores podemos asegurarnos de seguir buenas prácticas ya sea de manufactura, de cultivo, de lo que sea que nuestros productos requieran. Asegurarnos también de que nuestros procesos sean amigables con el medio ambiente, utilizando por ejemplo insumos no contaminantes y cuidando los recursos no renovables de la naturaleza.
¿Qué podemos hacer cómo consumidores? Necesitamos embarcarnos en un viaje hacia los campos donde nuestros productos han sido producidos? ¿Irnos, quizás, a la ceja de selva Peruana si el café que tomamos viene de ahí para conocer cómo ha sido cultivado y cosechado? ¿O enrumbarnos hacia las pampas Argentinas para conocer cómo cuidan y alimentan al ganado si consumimos carne de ese país? Definitivamente sería increíble poder hacerlo pero la realidad es que actualmente ya no es necesario.
Hoy en día existen certificaciones que verifican bajo qué estándares han sido sembrados, cosechados, producidos, envasados, embalados los productos que consumimos. Me atrevería a decir que existe una certificación para cada eslabón de la cadena desde el campo hasta la mesa.
Para dar una ejemplo, en el caso de los textiles de algodón, empezamos con la certificación orgánica a los campos donde se siembra el algodón asegurando que ningún fertilizante químico contaminante ha sido usado durante la siembra; otra certificación que asegure que se han usado pocos recursos hídricos y que se ha respetado a los bosques y campos; otra, que certifique que la cosecha ha sido hecha a mano y que los agricultores han recibido un trato y pago justo por el algodón cosechado.
Más adelante en el proceso, se tienen una certificación de buenas prácticas manufactureras, otra que garantice que los demás proveedores con los que se trabaja tengan también las mismas buenas prácticas y así sucesivamente hasta llegar al consumidor final.
Es en definitiva un proceso más largo y más costoso y todo esto se reflejará finalmente en un producto con precio más elevado para el consumidor.
El comercio internacional es una cadena que puede ayudar, y de hecho ya ayuda, a mejorar la calidad de las personas involucradas en él pero, es necesario que todos tomemos conciencia y empecemos a asegurarnos de que lo que consumimos no tenga un costo oculto que sólo estén pagando los eslabones más débiles.
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